Hoy vamos a hablar de tierra, de jardín, de granos, de semillas y de nuestro corazón.

¿Por qué? Bueno, porque, en una pequeña historia que contó Jesús, comparó nuestros corazones con la tierra, la tierra de un jardín, por ejemplo. En esta tierra, por lo tanto, en tu corazón, habrá toda clase de semillas, ideas, pensamientos, así como una muy buena semilla. Esa muy buena semilla es el Evangelio que escuchas, que lees, lo que Jesús dijo, lo que hizo, lo que todavía hace hoy.

Pero, ¿qué será de esa buena semilla en tu vida? ¿Crecerá? ¿Se secará? ¿Será asfixiada por otras plantas? ¿Cómo hacer para que dé fruto? Esto es lo que veremos al escuchar esta parábola. La puedes encontrar en el capítulo 13 del Evangelio de Mateo.

Entonces podrás responder a mi pregunta: buena tierra, ¿qué es para Jesús?

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Texto completo de esta historia:​

MI CORAZÓN, ¿ES BUENA TIERRA?

 

Imagina a un agricultor quien es dueño de un campo. Quiere tener una buena cosecha, entonces prepara la tierra y la labra.

Una mañana, temprano,

– Vamos, dijo, ahora es el momento de sembrar.

Camina por el campo de un extremo al otro. Con un gran gesto, lanza grandes puñados de su buena semilla.

El campo no tiene vallas, por eso hay semillas que caen a la orilla del camino …

Rápidamente los pájaros se precipitan sobre ellas y las picotean.

Y esas buenas semillas han desaparecido, ¡están perdidas!

Otras semillas caen entre las piedras. Germinan muy rápido pero no hay tierra suficiente, los pequeños brotes no tienen muchas raíces, son muy frágiles. Y cuando sale el sol, se secan. ¡Perdidas!

Otras semillas caen entre las zarzas que bordean el campo. Estas zarzas tienen espinas y hojas abundantes. Las plantas pequeñas se asfixian rápidamente y desaparecen. ¡Perdidas!

Otras semillas caen en el suelo bien preparado, buena tierra sin piedras, sin zarzas. Las plantas pequeñas brotan y crecen. Las raíces se hunden en el suelo, encuentran humedad y los tallos se desarrollan, crecen, se vuelven verdes, largos y fuertes. Se forma una espiga que también se desarrolla.

– Estas espigas son magníficas, dijo un día el agricultor, están comenzando a tomar un hermoso color dorado.

Los examina detenidamente.

– ¡Oh ! En esta espiga hay 30 granos, en esta 60 granos y en ésta mejor aún 100 granos. ¡Será una cosecha realmente buena! dijo con alegría.

 

1, 2, 3, 4 ¡Y TÚ Y YO!

Vamos a responder en seguida a la pregunta ¿Qué es una buena tierra para Jesús? ¡Una buena tierra! Es una tierra que permitirá que la semilla se desarrolle y dé muchos frutos. Representa el corazón que ama escuchar y leer el Evangelio, que cree en Jesús y quiere hacer lo que le agrada, obedecerle. Da buenos frutos haciendo lo correcto.

Los granos picoteados por los pájaros … representan todas las palabras escuchadas que, ¡hop! un instante se olvidan, se van. No queda nada.

El suelo pedregoso es el corazón de quien se alegra escuchar las hermosas historias de Jesús, pero le resulta difícil obedecer. Cuando hay momentos difíciles, deja de creer, se desanima. No tiene raíces.

En cuanto a las espinas, ¿sabes lo que representan? Representan las preocupaciones, las inquietudes, deseos que uno pueda tener y que ocupan tanto espacio que asfixian y hacen olvidar las buenas palabras de Jesús.

Te sugiero que reflexiones sobre esta parábola, es poco a poco que vas a ir la entendiéndola mejor. Y cuando camines en un campo de trigo por ejemplo, aprovecha para examinar las espigas, los granos, también puedes hacerle preguntas al agricultor.

 

4, 3, 2, 1 ¡Y NOSOTROS LOS PADRES!

A menudo les repetimos las mismas cosas a nuestros hijos y eso nos cansa. Lástima, pero tenemos que admitir que no siempre están dispuestos a escuchar. Sin embargo, perseveramos por su bien, sabiendo que lo que sembramos, cosecharemos.

Con respecto a la vida espiritual, es lo mismo. Queremos sembrar cosas buenas en el corazón de nuestros hijos. ¿No es el más hermoso de todos los jardines?

Muy pronto, los amigos, los medios de comunicación y muchas más cosas llegarán a depositar todo tipo de semillas, buenas semillas pero también malas semillas.

Entonces, desde temprana edad, depositemos muy a menudo en sus corazones la buena semilla de la Palabra de Dios. ¿Cómo? Viviéndola nosotros mismos en la familia, hablándoles de Jesús, animándoles día tras día a vivirla ellos mismos, para que su fe  se arraigue y dé fruto.

La naturaleza nos enseña que toda semilla necesita tiempo para echar raíces y crecer. Necesita también ser regada muy a menudo con nuestras oraciones y a través del obrar del Espíritu Santo.