¿Te acuerdas de Marta y María, las dos hermanas a las que les encantaba recibir a Jesús en su casa? Mientras Marta preparaba la comida, María se sentaba a los pies de Jesús para escucharle. En esta familia, también estaba Lázaro, su hermano. Los tres eran amigos íntimos de Jesús y, sin embargo, un día les sobrevino una gran desgracia. Vamos a averiguar juntos qué pasó y cómo Jesús los hizo esperar antes de venir a verlos. Encontrarás este relato en el capítulo 11 del Evangelio de Juan. Escucha atentamente y podrás responder a mi pregunta:

– ¿Por qué esperó Jesús antes de responder al llamado de Marta y María?

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Texto completo de esta historia:​

¿POR QUÉ ESPERÓ JESÚS ANTES DE CONTESTAR?

 

Marta, María y su hermano Lázaro viven en el pequeño pueblo de Betania. Aman mucho a Jesús y siempre están muy contentos cuando viene a verlos.

Un día, Lázaro cae enfermo, muy gravemente enfermo. Parece que va a morir.

– Si Jesús estuviera allí, lo curaría, dicen Marta y María, muy preocupadas.

Mandan a alguien para advertirle:

– Señor, nuestro hermano Lázaro, el que amas, está enfermo.

Cuando Jesús escucha la noticia, dice a sus discípulos:

– Esta enfermedad no es para muerte sino para la gloria de Dios; para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.

Y, aunque está muy unido a esa familia, se queda allí dos días más. Al tercer día, dice a los discípulos:

– Nuestro amigo Lázaro duerme, pero voy para despertarlo.

– Señor, si duerme se sanará.

De hecho, Jesús quiere decirles que Lázaro está muerto, pero ellos entienden que está hablando del sueño ordinario.

– Lázaro ha muerto, les dice claramente, y a causa de vosotros, me alegro de que yo no haya estado allí, para que creéis. Pero vayamos a él.

Se ponen en marcha.

Cuando llegan a Betania, descubren que su amigo ya lleva cuatro días en la tumba. Muchos judíos acudieron a Marta y María para consolarlas de la muerte de su hermano. Cuando Marta se entera de que Jesús se acerca al pueblo, sale a su encuentro.

– Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero ahora también sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará.

– Tu hermano resucitará, le dice Jesús.

– Ya sé, responde Marta, que resucitará en la resurrección en el día final.

– Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?

– Sí, Señor, yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo.

Con estas palabras, se marcha. Luego, en secreto, llama a su hermana y le dice al oído:

– María, el Maestro está aquí y te llama.

María se levanta de un salto y corre hacia él. Sus amigos la siguen:

– No la vamos a dejar sola, seguro que irá al sepulcro a llorar allí, dicen.

En cuanto ve a Jesús, María se arroja a sus pies y le dice:

– Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.

Cuando la ve llorar, así como a todos los judíos que la acompañan, se conmueve profundamente, su emoción es grande.

– ¿Dónde lo han puesto? pregunta Jesús.

– Señor, ven y ve.

Jesús experimenta una inmensa compasión por sus amigos dolidos y todas esas personas afligidas. Está profundamente conmovido por tanto dolor, comienza a llorar.

– Mirad cómo le amaba, dicen unos mientras que otros señalan:

– ¿No podía este, que abrió los ojos al ciego, hacer también que Lázaro no muriese?

Jesús se conmueve mucho cuando ve la tumba. Es una cueva cuya entrada está cerrada con una gran piedra.

– Quitad la piedra, manda Jesús.

Marta está asustada:

– Señor, dice ella, no hagas eso, lleva ahí cuatro días, ya debe oler mal.

– Marta, ¿no te dije que si crees verás la gloria de Dios?

Entonces ruedan la piedra. La tumba está a oscuras. Jesús mira al cielo:

– Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sabía que siempre me oyes, pero lo dije por causa de la gente que está alrededor, para que crean que tú me has enviado.

Habiendo dicho esto, llamó a gran voz:

– ¡Lázaro, ven fuera!

La multitud está atónita… He aquí aparece el muerto, con los pies y las manos envueltos en bandas y el rostro cubierto con un paño.

– Desátenlo y déjenlo ir, dice Jesús.

Lázaro camina, respira, mira, habla, ¡está vivo! Jesús lo despertó del profundo sueño de la muerte. ¡Ha resucitado!

Entre los judíos que presenciaron este gran milagro, muchos comenzaron a creer en Jesús, reconocieron que era realmente el Hijo de Dios.

En la familia, las lágrimas y el luto dan paso a la alegría y la gratitud. Marta y María encuentran a su hermano. Como les había dicho Jesús, ven la gloria de Dios.

1, 2 3, 4 ¡Y TÚ Y YO!

Volvamos a la pregunta: ¿Por qué esperó Jesús antes de responder a la llamada de Marta y María? Si hubiera venido rápidamente, podría haber curado a Lázaro, pero tenía otro plan. Quería mostrar la gloria y el poder de Dios: resucitar a un muerto es más impresionante y glorioso que curar a un enfermo. Así que esperó varios días, para que nadie pudiera dudar de que Lázaro estaba muerto, la gente lo había visto y lo habían metido en el sepulcro. Al resucitarlo de entre los muertos, Jesús demostró a todos que es realmente el Hijo de Dios.

 4, 3, 2, 1 ¡Y NOSOTROS LOS PADRES!

En este pasaje del Evangelio tenemos enseñanzas sobre la muerte y sus consecuencias, pero también preciosos consejos que nos ayudan a afrontarla y a rodear a quienes viven este drama. Se presenta todo: el dolor de la separación, las lágrimas, el consuelo de los amigos, la realidad de la resurrección de los muertos en el último día, la inmensa compasión de Jesús y, finalmente, la gloriosa manifestación de su divinidad. Aunque nuestros hijos no lo entiendan todo, es importante que sepan que Jesús es la resurrección y la Vida. ¿Por qué no hacerles memorizar este versículo? “Jesús es la resurrección y la vida”. Esto sería una buena semilla en sus corazones.