¡Te propongo un pequeño acertijo! ¿Cuál es esa palabrita que a los niños se les enseña desde muy pequeños y que pronunciamos varias veces al día? ¿No lo has encontrado? Te doy una pista : cuando te olvides de decirla, te dicen “¡podrías decir…!”. Algunos la llaman la palabra mágica. ¿Te suena? G. R. A. C. I. A. S. ¡sí! ¡Gracias! No siempre nos damos cuenta de lo importante que es para nosotros y para los demás dar las gracias. Es bueno para todo, para la salud, la moral, la escuela y también para sentirse bien. Decir gracias es expresar su gratitud. Un día, personas a las que Jesús había hecho bien no le dieron las gracias. ¿Sabes lo que pasó?

Lo descubrirás escuchando esta historia, que podrás volver a leer en el Evangelio de Lucas en el capítulo 17.

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Texto completo de esta historia:​

LOS DIEZ LEPROSOS

Jesús y sus discípulos van a Jerusalén. Caminan a lo largo de la frontera entre dos regiones, Samaria y Galilea. Se acercan a un pueblo cuando diez hombres vienen a su encuentro, entre los cuales un habitante de Samaria, un samaritano. Están vestidos miserablemente. Los discípulos los ven venir con preocupación.

– ¡Son leprosos! ¡Qué espectáculo ! se dicen a sí mismos.

– ¡Ojalá que no vengan a nosotros!

– ¡No, mirad! Ya no avanzan, ¡afortunadamente!

De hecho, esos hombres se detienen a una buena distancia. Respetan la ley que les prohíbe acercarse al pueblo. Porque son contagiosos, no pueden tener contacto con nadie. Dejaron a su familia, sus amigos, su trabajo. Están condenados a vivir apartados de todos. Su vida es triste. Sufren un dolor constante porque la enfermedad progresa cada día más y saben que nunca sanarán. Están mutilados y horriblemente desfigurados. Dan miedo ; los huyen todos. Los discípulos están tranquilizados al verlos quedarse allí donde se pararon.

Pero de repente, sobresaltan al oír los gritos de los leprosos :

– ¡Jesús, Jesús, Jesús! Maestro ! ¡Ten piedad de nosotros!

– ¡Te lo suplicamos, ten piedad, sánanos!

Es impresionante verlos y aún más oír esos gritos de pena. Jesús, Él, no se asusta ni tiene miedo, pero en su rostro se puede leer una inmensa compasión. ¿Qué va a hacer ? ¿Acercarse de ellos y tocarlos? Les dijo :

– ¡Id y mostraos al sacerdote!

Los discípulos no entienden, aquí todos saben que un leproso puede acudir al sacerdote solo cuando ya no quedan rastros de la enfermedad. Entonces, el sacerdote comprueba y declara oficialmente que el enfermo está curado y que puede recuperar una vida normal. Pero, aquí no pasó nada, la lepra no desapareció. ¿Cómo podrían presentarse ante el sacerdote? ¡Es imposible! Sin embargo, Jesús les pide que vayan, porque para él ya están curados. ¿Obedecerán? Esto significaría que creen que lo que Jesús dice es verdadero incluso si aún no lo ven. Sin demora, los diez leprosos se dirigen a la casa del sacerdote. Claro, caminan con dificultad, porque la enfermedad les debilitó mucho, pero van allí.

Por el camino, uno de los leprosos se detiene y mira a su compañero.

– Tu piel … tu piel, mira … ¡ha cambiado! ¡Es como nueva, muy suave!

Y dirigiéndose a otro, dijo :

– Pero tú también … ¡tus cicatrices han desaparecido!

– ¡Y yo también! ¡Mira!

– ¡Estamos todos curados, los diez! ¡Completamente sanados! ¡Ya no quedan rastros de nuestra lepra!

Empiezan a correr, saltando de alegría.

– ¡Es maravilloso! ¡Estamos curados!

– ¡Démonos prisa! ¡Cuanto antes veamos al sacerdote, antes estaremos de regreso a casa!

– No puedo esperar a reunirme con mi familia, ¡no me reconocerán!

– ¡Es el mejor día de mi vida!

De repente, el samaritano se detiene y piensa.

– Pero… ¡pero fue Jesús quien nos sanó! ¡Fue Él quien realizó este milagro! Nos devolvió la salud. Es una nueva vida que empieza gracias a él. Pero ¿qué estoy haciendo aquí? ¡Esto no está bien ! Tengo que encontrarlo y darle las gracias.

Se vuelve hacia sus compañeros pero ya no están, han desaparecido. Se da la vuelta y corre en la dirección opuesta cantando en voz alta :

– ¡Gloria a Dios, Gloria a Dios que me sanó!

A algunas personas que encuentra les pregunta :

– ¿Dónde está Jesús? ¿Lo habéis visto? ¡Quiero encontrarlo porque me sanó de la lepra!

Cuando lo encuentra, se arroja a sus pies, cara al suelo ; se postra y dice :

– ¡Señor! ¡Gracias! ¡Con todo mi corazón te digo gracias! Como me lo dijiste, ¡estoy completamente sanado! La lepra ha desaparecido, te lo agradezco, has hecho por mí un  milagro tan grande.

Jesús mira a su alrededor y, con mucha tristeza, le dice :

– Eráis diez leprosos, los diez fueron sanados, ¿no? ¿Dónde están los otros nueve? ¿Ninguno de ellos pensó en volver para alabar a Dios y agradecerle? Así que solo tú volviste.

El hombre se avergüenza de la ingratitud, la falta de agradecimiento de sus compañeros y ya no se atreve a levantarse. Entonces Jesús le dijo :

– ¡Levántate, amigo mío! ¡Puedes irte a casa! ¡Tu fe te ha salvado!

El hombre se pone de pie con el corazón lleno de gratitud y de amor por Jesús. ¡Está sanado, Jesús lo salvó!

1, 2 3, 4 ¡Y TÚ Y YO!

Ahora sabes lo que pasó. Debido a que estos hombres, que fueron sanados, ni siquiera volvieron para agradecerle y dar gloria a Dios, Jesús expresó, ante todos los que estaban ahí, la tristeza de su corazón.

También le dijo al samaritano que había hecho bien en regresar para decirle su gratitud, su amor y su adoración.

Te animo a que dé las gracias, simplemente, con tus palabras propias. Puedes hacerlo cuando quieras y donde quieras, tu “gracias” siempre será recibido con alegría.

 4, 3, 2, 1 ¡Y NOSOTROS LOS PADRES!

A veces estamos desconcertados por la ingratitud de niños que creen que se les debe todo. Pero, todo se puede aprender, ¡el agradecimiento también! Debemos enseñarles desde pequeños a agradecer a Dios y a los hombres, empezando por sus padres y todos los que les cuidan.

A veces tienen dificultad para agradecer a Dios porque no saben por qué motivos hacerlo, pero podéis ayudarlos despertándolos a todo lo que Dios les da todos los días.

Les dejo este hermoso versículo 15 del Salmo 50:

“Invócame en tiempo de angustia, Yo te salvaré y tú me darás gloria. “